Me llamo Daniel Ramírez, tengo treinta y seis años y crecí en una familia humilde de Puebla, México.
Mi padre, Gabriel Ramírez, tenía veinticinco años cuando sufrió el accidente que cambió nuestras vidas.
Mi madre, Elena, tenía veintitrés.
Yo apenas nueve meses.
Papá trabajaba como técnico electricista en una fábrica de autopartes.
Era un hombre fuerte, alegre y trabajador.
Jugaba futbol todos los domingos y siempre decía que algún día compraría una casa con un jardín enorme para ver crecer a sus hijos.
Pero una tarde de septiembre, mientras regresaba del trabajo, sufrió un accidente automovilístico.
Pasó varias semanas hospitalizado.
Cuando finalmente regresó a casa, ya no podía caminar.
La parte izquierda de su rostro había quedado marcada por profundas cicatrices.
Su movilidad estaba seriamente limitada.
Y los médicos advirtieron que las complicaciones derivadas de sus lesiones podían acortar considerablemente su vida.