De su interior cayó una pequeña fotografía.
Mostraba un automóvil destrozado.
Y detrás, escrito con tinta azul, había un nombre que ninguno reconocía:
«Rafael Ortega. 17 de septiembre de 1990».
Mi madre miró la fotografía.
Y su rostro perdió todo el color.
—No puede ser —susurró.
—¿Qué pasa, mamá?
Ella levantó los ojos llenos de lágrimas.
—Rafael Ortega era el hombre al que su padre fue a buscar la noche del accidente.
CAPÍTULO 3. EL HOMBRE QUE DESAPARECIÓ AQUELLA NOCHE
Nos sentamos alrededor de la mesa.
Mamá permaneció varios minutos en silencio.
Finalmente comenzó a hablar.
—Su padre nunca me contó exactamente qué ocurrió aquella tarde.
—¿Cómo que nunca te contó? —preguntó Lucía.
—Siempre dijo que había perdido el control del coche mientras regresaba del trabajo.
—¿Y quién era Rafael Ortega?
Mamá respiró profundamente.
—Un compañero de la fábrica. Eran muy amigos.