Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Mariana soltó una risa breve, convencida de que estaba bromeando.

No lo estaba.

Hasta esa semana, ambos habían dividido las tareas con bastante normalidad. Ella cocinaba más seguido; él lavaba los platos. Los sábados limpiaban juntos. Si uno llegaba tarde, el otro resolvía la cena.

—Los dos trabajamos —respondió Mariana—. Que tú ganes más no significa que yo llegue descansada.

Raúl cruzó los brazos.

—Mauricio dice que Paola lo entiende perfectamente. Él llega y tiene comida caliente, ropa limpia, la casa impecable… Paola sabe cuál es su lugar.

Mauricio era compañero de Raúl y uno de esos hombres que convertían cualquier comida entre amigos en una competencia sobre quién tenía mejor sueldo, mejor coche o más autoridad en su matrimonio.

—Paola no trabaja fuera de casa —replicó Mariana.

—Eso no importa. El punto es la actitud. Mauricio dice que una mujer que respeta a su esposo no está contando quién lavó más platos.

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