Se sostiene también con horas, cansancio, organización, paciencia, cuidados y todas esas pequeñas tareas que casi nadie valora hasta que alguien deja de hacerlas.
Y Raúl aprendió aquella lección de la manera más incómoda posible.
Cada martes, después del trabajo, todavía se pone los guantes amarillos, abre la ventana del baño y saca los productos de limpieza.
Mariana, cuando lo ve pasar con el cepillo en la mano, a veces le pregunta:
—¿Seguro que no quieres buscarme un reemplazo?
Raúl la mira, recuerda aquel mes de café soluble, ensaladas, préstamos y cuentas vacías, y responde inmediatamente:
—Ni se te ocurra. Con trabajo estoy aprendiendo a merecer a la que ya tengo.
Mariana no considera que haya “ganado” porque ahora su marido limpie un baño.
Ganó algo mucho más importante: dejó claro que su tiempo tenía valor, que su sueldo menor no la convertía en una persona de segunda categoría y que amar a alguien nunca debería significar aceptar que te trate como empleada.