Le hicieron preguntas con calma.
Comprobaron si algún problema físico, medicamento, sustancia u otra causa podía explicar lo que estaba ocurriendo.
Después, un profesional de salud mental habló con ella a solas durante mucho tiempo.
Yo me quedé en la sala de espera.
Parecía que el tiempo se había detenido.
Finalmente, un médico salió y explicó que los síntomas de Emma debían tomarse en serio y que necesitaba una evaluación más profunda.
Explicó que experiencias como esas pueden tener muchas causas diferentes y que no sería correcto llegar a una conclusión definitiva después de una sola consulta.
Pero una cosa estaba clara.
Emma necesitaba ayuda.
El médico también habló sobre su sueño.
La grave falta de sueño de las últimas semanas podía haber empeorado mucho la situación.
Cuando Emma salió de la consulta, estaba muy callada.
Por un momento pensé que estaba enfadada conmigo.
Pero cuando nos sentamos en el coche, dijo:
—Hay algo que no le conté al médico.
La miré.
—¿Qué?
Entrelazó las manos con fuerza.
—Hace unos días pensé que mi madre me había llamado.
—¿Y qué tiene de raro eso?
—Mi teléfono nunca sonó.
Me quedé en silencio.
Ella continuó:
—Pero escuché su voz claramente. Incluso le respondí.
Fue en ese momento cuando comprendí por primera vez lo real que todo aquello era para ella.
Esa misma noche llamamos a sus padres.
Vinieron a quedarse con nosotros al día siguiente.
Al principio, Emma estaba profundamente avergonzada.
Seguía diciendo que no quería que nadie en la universidad se enterara.
Tenía miedo de que la gente empezara a mirarla de otra manera.
Pero la semana siguiente aceptó reducir temporalmente sus clases y seguir trabajando con profesionales.
Los primeros días no fueron fáciles.
A veces decía que ya se sentía perfectamente bien y que no necesitaba más ayuda.
Y al día siguiente, la ansiedad regresaba.
Pero poco a poco algo empezó a cambiar.
Empezó a dormir mejor.
Estaba más tranquila.
Las extrañas voces de las que me había hablado fueron apareciendo cada vez con menos frecuencia.
Unas semanas después volvimos a ver una película juntos por primera vez.
Antes de darle al play, Emma me miró y bromeó:
—Si uno de los personajes empieza a hablarme de repente, ¿vas a apagarla otra vez?