Cada favor, solo, sonaba razonable. Por eso era tan difícil decir que no. Un favor razonable es fácil. Veinte favores razonables te comen la vida entera sin que te des cuenta.
Empecé a hacer el desayuno todos los días. Los lunches. Llevarlos al futbol. Ir por medicinas. Esperar al técnico del horno. Regresar cajas de empaque defectuosas. Llevar a Sofía al ortodoncista porque Emiliano se atoró en el trabajo. Doblar ropa porque ya estaba parada junto a la secadora. Cocinar porque todos llegaban cansados y de mal humor.
Nada de eso me molestaba por separado.
Lo que me empezó a doler fue cómo cambió la forma de pedirlo.
Al principio: “¿Podrías recoger a Sofi?”
Dos semanas después: “Recuerda, Sofi sale a las tres.”
Desaparecieron dos palabras. Pero con ellas desapareció la pregunta.
Compré una libretita azul en la farmacia. Treinta pesos. No era para pelear. Era porque estaba tan cansada que ya no sabía ni por qué. Así que empecé a apuntar.