Lunes: llevar a la escuela, súper, lavar ropa, devolución panadería, cena.
Martes: dos recogidas, farmacia, plomero, firmar permisos.
Miércoles: lunches, entrega de pan, dentista, cena, limpiar cocina.
Al final de la segunda semana llevaba dos páginas llenas con mi letra.
Las miré y pensé: con razón estoy molida.
Luego llegó Marisela. Muy elegante. Pelo rubio platinado. Uñas perfectas. Pura ropa color beige carísima que yo en mi mente llamaba “ropa de revista”.
Marisela había metido mucho dinero a “Masa Canela”, la panadería de Jimena. Y tenía un contrato pagado por consultoría de marca, empaque, prensa y redes sociales.
A mí me parecía perfecto. El trabajo profesional se debe pagar. Ese dato se volvió muy importante después.
Marisela convirtió la cocina en su oficina. Laptop. Binder. Tripié para el celular. Tres marcatextos.
Me decía “nuestra salvadora”.