—La puerta se bloquea automáticamente.
—Entonces ábrela.
—Lo haré. Pero, por favor, escúchame primero.
Sentía el corazón golpeándome el pecho.
Todo aquello estaba mal.
—Podrías haberme llamado.
—No habrías venido.
—Eso debería haberte dicho algo.
No respondió.
Me alejé más de él, manteniendo varias sillas entre nosotros.
—¿Por qué me trajiste aquí?
Se sentó lentamente.
—Porque tu madre y yo nos estamos separando.
Por un instante pensé que había oído mal.
—¿Qué?
—Nos vamos a divorciar.
En realidad, me reí.
No porque fuera gracioso.
Sino porque aquella frase sonaba absurda viniendo de él.
Mi madre y mi padrastro llevaban juntos casi doce años.
A veces discutían, claro.
Pero jamás había imaginado que se divorciarían.
—Mamá me lo habría contado.
—Quería hacerlo.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo?
—Porque seguía esperando que pudiéramos arreglar las cosas.