Por primera vez alguien me preguntó qué quería hacer con mi vida.
—Ingeniería —susurré.
—Entonces haremos de ti una ingeniera.
Una casa donde nadie gritaba
Vivir con doña Amalia fue descubrir otro mundo. Nadie me gritaba por estudiar de noche, nadie reclamaba el dinero de mi beca, nadie me decía que no valía nada. Ella apoyaba cada sueño que mis padres habían ridiculizado.
A los dieciocho me ayudó a abrir mis propias cuentas, tramitar ayudas económicas y mudarme a la residencia universitaria. Estudié ingeniería mecánica. Cada domingo me llamaba.
—¿Comiste bien?
—Sí, doña Amalia.
—¿Y duermes?
—A veces.
—Pues duerme más. Hasta los genios necesitan descansar.
Esas llamadas me hicieron reír más que toda mi infancia. Mis padres, mientras tanto, no me escribieron nunca: ni en mis cumpleaños, ni en mi graduación, ni cuando conseguí mi primer empleo.