Su madre intentó reconstruir la relación.
Y su padre, por primera vez, tuvo que enfrentarse a las consecuencias de sus propias decisiones.
Rachel, en cambio, siguió adelante.
Un día, mientras contemplaba la ciudad desde la ventana de su nueva oficina, recibió un mensaje de su padre:
«Ahora entiendo que cometí un error al pensar que eras la hija que menos necesitábamos».
Rachel sonrió y respondió solamente:
«No necesitabas una hija perfecta. Solo necesitabas una hija a la que respetar».
Después apagó el teléfono.
Porque aquella noche, en Las Vegas, no había perdido a su familia.
Había encontrado algo mucho más importante:
a sí misma