El sexto plato
Mi padre tenía 81 años cuando me llamó un jueves para pedirme que fuera a almorzar a su casa. Desde la muerte de mi madre, ocho meses atrás, rechazaba invitaciones y inventaba excusas para no salir. Oírlo hacer planes me alivió.
El domingo llegué antes que los demás. La mesa estaba cubierta con el mantel bordado que mi madre reservaba para los cumpleaños. Había seis platos, las copas buenas y una fuente de ensalada. Conté los lugares: mi padre, yo, mi esposo Julián y mis hermanos Andrés y Tomás. Sobraba uno.
—¿Quién más viene?
Acomodó un tenedor.
—Rosa.
Durante unos segundos pensé que había oído mal.
La mujer del portón
Rosa había trabajado en nuestra casa durante buena parte de mi infancia, y además era costurera. Hacía dobladillos, ajustaba vestidos y convertía retazos en ropa para mis muñecas. Cuando yo volvía de la escuela, a veces dejaba la mochila en el suelo y me quedaba mirando cómo sus pies movían el pedal de la máquina.