Yo tenía dieciséis años cuando desaparecieron las joyas de mi madre. Recuerdo los gritos, los cajones abiertos y a Rosa dándole la vuelta a los bolsillos de su delantal para demostrar que estaban vacíos. «Yo jamás tomaría nada suyo, señora». Mi madre le ordenó que se marchara. Mi padre se quedó junto a la puerta. Después cargó la máquina de coser hasta la acera y cerró el portón. Rosa me miró antes de irse. Yo desvié la cara. Durante treinta años, esa fue la última imagen que guardé de ella.
La carpeta de recibos
Cuando Rosa llegó, el cabello se le había vuelto blanco y necesitaba apoyarse en el portón para subir el escalón. Pero reconocí su manera de apretar el bolso contra el cuerpo. Y reconocí la máquina: en la base seguía la calcomanía de flor que yo misma había pegado de niña.