Diego y Valeria entraron riendo.
—Voy a bañarme —dijo él—. Cuando salga empezamos.
Teresa sintió que quería desaparecer.
Pero entonces escuchó la voz de Valeria.
—Todo va exactamente como lo planeamos.
El corazón de Teresa comenzó a golpearle el pecho.
—La vieja no sospecha nada —continuó Valeria—. En un mes, su departamento será nuestro.
Teresa se tapó la boca.
—Solo tengo que ponerle el polvo en el té. Cuando empiecen a fallarle los riñones, nadie va a relacionarlo con nosotros.
Hubo un silencio.
Después Diego se rio.
—Un mes se me va a hacer eterno.
Teresa sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Su hijo.
Su propio hijo.
No era una víctima.
Era cómplice.
Las lágrimas comenzaron a caerle silenciosamente sobre el polvo acumulado bajo la cama.
Entonces escuchó a Diego decir:
—Otra vez desde la parte del té. Mi entrada todavía no me convence.