Mi suegra robó la tarjeta de nuestra habitación y pasó casi una hora escondida debajo de la cama porque quería demostrar que yo era una estafadora. Cuando oyó: “La vieja no sospecha nada”, creyó haber encontrado la prueba definitiva. Yo solo le dije: “Lea esto antes de acusarme” y le entregué una carpeta… sin imaginar que también descubriría por qué su hijo vendió el negocio familiar.

Diego y Valeria entraron riendo.

—Voy a bañarme —dijo él—. Cuando salga empezamos.

Teresa sintió que quería desaparecer.

Pero entonces escuchó la voz de Valeria.

—Todo va exactamente como lo planeamos.

El corazón de Teresa comenzó a golpearle el pecho.

—La vieja no sospecha nada —continuó Valeria—. En un mes, su departamento será nuestro.

Teresa se tapó la boca.

—Solo tengo que ponerle el polvo en el té. Cuando empiecen a fallarle los riñones, nadie va a relacionarlo con nosotros.

Hubo un silencio.

Después Diego se rio.

—Un mes se me va a hacer eterno.

Teresa sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

Su hijo.

Su propio hijo.

No era una víctima.

Era cómplice.

Las lágrimas comenzaron a caerle silenciosamente sobre el polvo acumulado bajo la cama.

Entonces escuchó a Diego decir:

—Otra vez desde la parte del té. Mi entrada todavía no me convence.

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