Era su oportunidad.
Teresa fue a recepción.
—Mi hijo me pidió que preparara una sorpresa para su esposa. ¿Podrían abrirme la habitación?
La recepcionista negó amablemente.
—Sin la tarjeta de acceso no podemos hacerlo.
Teresa regresó al salón frustrada.
Entonces vio el saco de Diego colgado en una silla.
Recordó que él había guardado allí la tarjeta del cuarto.
Miró alrededor.
Nadie estaba observando.
La tomó.
Subió rápidamente.
En la habitación comenzó a buscar el celular.
Cajones.
Maletas.
Abrigos.
Nada.
De pronto escuchó voces en el pasillo.
—Te dije que habías dejado la puerta mal cerrada —rió Valeria.
Teresa se quedó paralizada.
No podía salir sin ser descubierta.
Vio el baño.
Demasiado tarde.
El clóset.
También imposible.
Solo quedaba un lugar.
Con un esfuerzo que sus rodillas le cobrarían durante días, se metió debajo de la cama.