Mi vecino llevaba semanas vigilando un auto gris y una noche me dijo: “Confía en mí, saca a la niña de tu casa a las diez”. Desde su ventana vi a mi hijo entrar, desordenar mis medicamentos y colocar botellas alrededor de mi mesa mientras otro hombre bajaba al sótano. No llamé a mi hijo; marqué a la policía cuando descubrí el verdadero plan.

Mauricio Ortega.

Años atrás había trabajado como contratista de mantenimiento en la secundaria que yo dirigía. Yo había cancelado su contrato después de descubrir facturas falsas por trabajos que jamás realizó.

Y era técnico en sistemas de gas y calefacción.

Alejandro había buscado exactamente al hombre que necesitaba.

Alguien que supiera cómo convertir mi casa en una trampa.

Dos días después, la detective Mariana Ríos me citó.

Mauricio había cometido un error que terminó salvándonos.

Había llevado una pequeña grabadora digital.

No confiaba en Alejandro ni en Verónica y quería registrar la conversación por si intentaban negarse a pagarle los 320 mil pesos prometidos.

La detective reprodujo un fragmento.

Escuché la voz de Verónica.

—Mañana al mediodía hacemos la llamada de bienestar. Llegan, encuentran las botellas, sus medicamentos, el expediente… nosotros aparecemos preocupados y pedimos que nos entreguen a Sofía.

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