Mientras yo estaba en la maternidad con mi hija de tres días, mi suegra cambió la cerradura del apartamento: «La casa es de mi hijo, tú aquí eres solo una inquilina».
La llave no entraba. La giré, convencida de haberme equivocado de llave, y volví a intentarlo. En mis brazos, Sofía dormía con la mejilla pegada a su mantita.
Fue entonces cuando vi las tres bolsas negras apoyadas contra la pared. De una de ellas asomaba la manga de mi jersey. Junto a ellas estaban las zapatillas de estar en casa que había dejado al borde de la cama la noche en que salí a dar a luz.
Adrián nos había traído desde la maternidad. Había subido primero, con mi bolso, y yo había venido despacio por las escaleras, hasta el primer piso. Lo había oído entrar en el apartamento unos instantes antes.