Mi vecino llevaba semanas vigilando un auto gris y una noche me dijo: “Confía en mí, saca a la niña de tu casa a las diez”. Desde su ventana vi a mi hijo entrar, desordenar mis medicamentos y colocar botellas alrededor de mi mesa mientras otro hombre bajaba al sótano. No llamé a mi hijo; marqué a la policía cuando descubrí el verdadero plan.

Miré nuevamente las once llamadas.

—Entonces él la llamó aquella noche.

—Sí.

—¿Para qué?

La detective respiró lentamente.

—Según mensajes recuperados de su teléfono antiguo, Alejandro le dijo que tenía una solución. Le pidió que llevara los documentos. Laura se negó varias veces. Él insistió.

Once veces.

Finalmente aceptó verlo.

Laura tomó el coche.

Nunca llegó.

Había llovido durante horas y el pavimento estaba peligrosamente resbaloso en una curva cerca de la barranca. Perdió el control del automóvil.

—¿Alejandro provocó el accidente? —pregunté.

Mariana negó con la cabeza.

—No tenemos evidencia de eso. Todo indica que fue un accidente vial. Pero sí sabemos que él conocía las condiciones de la carretera y que insistió hasta conseguir que Laura saliera esa noche.

Sentí una mezcla imposible de tristeza y alivio.

Mi hijo no había empujado el coche de su hermana fuera del camino.

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