Pero la había llevado hasta esa carretera.
Y después había hecho algo todavía más cruel.
Había tomado su propia culpa y me la había entregado.
—A la mañana siguiente vino a mi casa —dije—. Me dijo que Laura había salido por mí.
Mariana asintió.
—Probablemente necesitaba desviar cualquier pregunta sobre por qué ella estaba manejando esa noche.
Me quedé mirando mis manos.
Durante dieciocho meses había cargado una piedra que nunca me perteneció.
Y mientras yo sufría en silencio, Alejandro había seguido visitándome.
Había comido en mi mesa.
Había abrazado a Sofía.
Había llevado regalos en Navidad.
Y poco a poco había empezado a construir un expediente para quitarme a la hija de la mujer cuya muerte había utilizado para protegerse.
Mi abogada, Patricia Mendoza, llegó esa misma tarde.
Antes del intento de asesinato, yo ya había firmado documentos para modificar la administración del fideicomiso de Sofía.