No vi a un monstruo.
Vi a mi hijo.
Y quizá eso era lo más doloroso.
Las personas capaces de hacer cosas terribles no siempre llegan a nuestra vida con una señal en la frente.
A veces crecieron en nuestra propia casa.
—Laura te quiso mucho —le dije—. Tanto que descubrió lo que hiciste y aun así intentó darte una oportunidad para corregirlo antes de denunciarte.
Él comenzó a llorar.
—Pero también te conocía mejor que yo.
Volví a mostrarle el documento.
—Por eso te excluyó del fideicomiso de su hija.
Alejandro levantó una mano y la apoyó contra el vidrio.
Yo dejé el teléfono en su sitio.
Me puse de pie.
Y me fui.
Don Clemente estaba esperándome afuera.
—¿Todo bien? —preguntó.
Miré el edificio detrás de mí.
—No.
Después abrí la puerta del coche.
—Pero ya terminó.
Clemente entendió que no era cierto del todo.