Mi vecino llevaba semanas vigilando un auto gris y una noche me dijo: “Confía en mí, saca a la niña de tu casa a las diez”. Desde su ventana vi a mi hijo entrar, desordenar mis medicamentos y colocar botellas alrededor de mi mesa mientras otro hombre bajaba al sótano. No llamé a mi hijo; marqué a la policía cuando descubrí el verdadero plan.

—Y yo pasé dieciocho meses creyendo que había mandado a mi hija a morir.

Su mano empezó a temblar.

—Papá…

—Mientras yo cargaba con eso, tú preparabas documentos para decir que estaba perdiendo la memoria.

No contestó.

—Intentaste quitarme a Sofía.

Silencio.

—Y cuando descubriste que eso podía tardar demasiado, entraste en mi casa para llenar el comedor de botellas, desordenar mis medicamentos y envenenarnos mientras dormíamos.

—Yo no quería que Sofía muriera.

Aquella frase terminó de romper cualquier cosa que quedaba entre nosotros.

—Pero aceptaste un plan en el que podía morir.

Alejandro apoyó la frente contra el vidrio.

Yo pensé en cuando tenía nueve años y lo llevaba al Parque Metropolitano los domingos.

Pensé en su primer uniforme escolar.

En la noche en que aprendió a manejar.

En el día en que nació Laura y él insistía en cargarla aunque apenas podía sostenerla.

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