Lo terrible es que no supe hacerlo con mi propia hija.
Mariana siempre había sido alegre. Era enfermera pediátrica y tenía una risa que llenaba cualquier habitación. Pero después de casarse con Mauricio, dueño de una pequeña constructora familiar, fue desapareciendo poco a poco.
Primero dejó de venir a comer los domingos.
Luego renunció al hospital.
Después comenzó a contestar mis llamadas únicamente cuando Mauricio estaba cerca.
Y un verano empezó a usar blusas de manga larga incluso con treinta grados.
—Estoy bien, papá. Solo estoy cansada.
Siempre la misma respuesta.
Mauricio sabía ser encantador delante de otros. Su madre, Beatriz, manejaba las cuentas de la constructora y tenía una habilidad especial para insultarte con una sonrisa.
En la boda me había apretado la mano y dicho:
—No se preocupe, don Jorge. Nosotros vamos a cuidar muy bien a Mariana.