Nunca olvidé el tono.
Aquella tarde hice un trayecto de cuarenta minutos en menos de media hora.
La camioneta de Mauricio estaba afuera. También el sedán blanco de Beatriz.
Entré por el portón lateral.
Y me quedé inmóvil.
Mariana estaba tirada sobre el patio de piedra, blanca como una sábana. Su pierna derecha estaba atrapada debajo de un pesado bloque de concreto.
Mauricio permanecía varios metros atrás, con los brazos cruzados.
Beatriz observaba desde la puerta de la cocina, sosteniendo una taza de café.
—¡Llamen una ambulancia!
Beatriz alzó un hombro.
—Ay, Jorge, no exagere. Es solo una pierna. Tiene otra.
Sentí algo que no era rabia.
Era peor.
Era claridad.
Mauricio afirmó que el bloque se había resbalado mientras arreglaba el muro del jardín.
Pero el muro tenía manchas de humedad antiguas. No había herramientas. No había mezcla fresca. No había carretilla. Y el bloque estaba demasiado lejos para haber caído de allí.