PARTE 1
La primera señal de que aquel hombre no estaba enfermo, sino que alguien estaba intentando apagarlo poco a poco, apareció entre los dedos de Lucía cuando un mechón oscuro se desprendió de su pierna sin causarle el menor dolor.
Hasta esa tarde, Lucía Ferrer solo era una terapeuta manual de 35 años que trabajaba entre Málaga y Marbella atendiendo lesiones musculares, rehabilitaciones y clientes con demasiado dinero para esperar una cita. Había aprendido a soportar miradas incómodas por su cuerpo grande y comentarios disfrazados de consejos. Algunas clientas pedían profesionales “con aspecto más deportivo” antes incluso de verla trabajar.
Lucía nunca discutía.
Dejaba que hablaran sus manos.
Su padre, fallecido 4 años antes, había sido técnico de laboratorio en un hospital público de Málaga. De niña, ella había crecido escuchándolo explicar que el cuerpo siempre dejaba pistas cuando algo iba mal.