Crecí creyendo que estaban muertos.
No oficialmente. No hubo funeral. Ni lápidas que visitar. Pero en mi corazón, los enterré porque dolía menos que esperar.
La abuela Lily me crio con una fortaleza que no aprecié hasta que fui mayor. Trabajaba muchas horas en la biblioteca local, llegaba a casa agotada y aun así se aseguraba de que hubiera cena en la mesa.
Nunca se perdía una obra del colegio ni una reunión de padres y profesores.
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Cuando tenía pesadillas sobre aguas oscuras y barcos vacíos, se sentaba junto a mi cama y me cogía de la mano hasta que me dormía.
Cuando me hice mayor, empecé a notar que las arrugas de su rostro se hacían más profundas. La forma en que a veces miraba las viejas fotografías de mis padres cuando pensaba que yo no estaba mirando.