—¿Tú estás atendiendo al señor de la esquina?
—Sí.
—Pensé que alguien iba a preguntarle si realmente quería comer.
Mariana se quedó inmóvil.
—Lleva más de media hora esperando.
El muchacho se encogió de hombros.
—Yo no sabía.
Pero Mariana sí sabía lo que había pasado.
Todos lo habían visto.
Simplemente habían decidido que atender otras mesas era más importante.
Regresó con el té antes de la comida.
Colocó la taza frente a Arturo con cuidado.
—Está caliente.
—Gracias.
El anciano rodeó la taza con ambas manos.
Durante unos segundos no bebió.
Solo aspiró el aroma.
Su expresión cambió.
Parecía estar recordando algo.
Mariana no quiso interrumpirlo.
Pero él habló.
—Hace muchos años conocí a una mujer en esta ciudad.
Mariana se sorprendió.
—¿Aquí?
—Aquí mismo.
Arturo miró hacia los grandes ventanales.
—No en este restaurante. En esta zona.