Nadie quiso atender al anciano del abrigo gastado, hasta que una joven mesera descubrió quién era realmente y cambió su destino.
—Señor, ¿está esperando a alguien?
La recepcionista hizo la pregunta sin sonreír.
El anciano levantó la mirada y negó lentamente con la cabeza.
—No. Solo quiero comer.
La joven observó su abrigo marrón, demasiado usado para aquel restaurante elegante del centro de Ciudad de México. Después miró sus zapatos, gastados en las puntas, y el sombrero sencillo que llevaba entre las manos.
Detrás de él acababa de entrar una pareja bien vestida.
La expresión de la recepcionista cambió de inmediato.
—Buenas tardes. Bienvenidos.
Luego volvió hacia el anciano.
—Por aquí, señor.
Lo condujo hasta una pequeña mesa en una esquina, lejos de los ventanales principales y de las mesas que el personal reservaba para los clientes importantes.
El hombre no protestó.