No puedo garantizar que todo sea sencillo.
Pero quizá pueda hacer que sea posible.
Ayer usted me ofreció una taza de té cuando yo solo quería sentirme tratado como cualquier otra persona.
Considere esto mi manera de devolver aquella cortesía.
Con respeto,
Arturo.”
Mariana terminó de leer.
Luego volvió al principio.
Y lo leyó otra vez.
—¿Estás bien? —preguntó el gerente.
Ella asintió mientras se limpiaba una lágrima.
—Sí.
—Eso es increíble.
Mariana sostuvo la carta contra el pecho.
Durante años había imaginado regresar a estudiar.
Pero cada vez surgía algo.
Una factura.
Un gasto médico.
La colegiatura de su hermano.
Una reparación en casa.
Siempre había una razón para esperar.
Por primera vez, el camino parecía abierto.
Sin embargo, aquella no fue la única cosa que cambió.
El gerente reunió al personal esa misma tarde.
No habló del multimillonario.