Mariana leyó el mensaje dos veces.
Y comprendió que el verdadero problema apenas comenzaba.
PARTE 3
Doña Beatriz llegó a las diez de la mañana.
No tocó una vez.
Golpeó la puerta cuatro veces seguidas como si todavía pudiera entrar en la vida de Mariana sin pedir permiso.
Diego fue quien abrió.
Al verla, su rostro cambió.
—¿Qué quiere?
—Hablar con tu madre.
—Después de sacarnos a la calle, pensé que ya no éramos su familia.
—No seas insolente.
Mariana apareció detrás de su hijo.
—Déjala pasar.
Doña Beatriz entró mirando alrededor.
Sus ojos recorrieron el departamento pequeño: los muebles restaurados, las macetas junto a la ventana, las fotografías familiares y una pequeña mesa de trabajo donde Mariana había comenzado a practicar las primeras técnicas que Rafael le enseñaba.
—Así que aquí viven.
Mariana no contestó.
—Vi lo del señor Montenegro —continuó su suegra—. Dicen que esas muñecas valen una fortuna.