Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

—Ya regresaron con su dueño.

El rostro de Beatriz cambió.

—¿Las devolviste?

—Sí.

—¿Sin vender ninguna?

—No eran mías.

Doña Beatriz soltó una risa seca.

—Siempre has sido igual. Tomás se mataba trabajando porque tú nunca supiste aprovechar las oportunidades.

Diego dio un paso adelante.

—No vuelva a hablar así de mi mamá.

—Diego.

Mariana no levantó la voz, pero el muchacho entendió.

Doña Beatriz continuó:

—Si ese hombre te dio dinero, una recompensa o lo que sea, quiero saber cuánto fue.

Mariana la observó durante varios segundos.

—¿Por qué tendría que decirle?

—Porque mi hijo dejó dinero. Con ese dinero compraste este lugar. Y ahora resulta que encuentras cosas valiosas y empiezas a relacionarte con gente importante. No quiero que después digas que todo lo hiciste sola.

Aquellas palabras dolieron más de lo que Mariana esperaba.

Pero esta vez no sintió miedo.

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