—Una muñeca no debe parecer viva porque copies un rostro —explicaba—. Debe parecer viva porque tenga una historia.
Mariana entendió inmediatamente.
Ella sabía de historias.
Sabía cómo se veía una mujer intentando no llorar frente a sus hijos.
Sabía cómo se curvaban las manos de alguien que trabajaba todo el día.
Sabía que una persona podía sonreír mientras por dentro sentía que su vida se había desmoronado.
Su primera muñeca importante fue una mujer de aproximadamente cuarenta años, sentada junto a una ventana.
Vestía un suéter sencillo y sostenía entre las manos cuatro pequeñas flores.
Rafael la observó durante largo rato.
—¿Quién es?
—Nadie.
—No mientas.
Mariana sonrió.
—Soy yo… pero también podría ser cualquier mujer que haya tenido que empezar otra vez.
Rafael consiguió que la pieza entrara en una exposición colectiva.