Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

Un coleccionista de Ciudad de México la compró.

Cuando Mariana vio la cantidad depositada en su cuenta, creyó que había un error.

Era más de lo que ganaba en varios meses en el vivero.

No renunció.

Al menos no inmediatamente.

Durante un año siguió trabajando entre plantas durante el día y muñecas durante la noche.

Los hijos colaboraban.

Valeria elegía telas.

Diego construía pequeñas bases de madera.

Renata inventaba nombres.

Mateo tomaba fotografías.

La mesa del comedor terminó cubierta de pinceles, hilos, bocetos y herramientas.

—Mamá —bromeaba Diego—, ya no sé si vivimos en una casa o en un taller clandestino.

—Mientras no encuentres otros “cadáveres” dentro de un armario, vamos bien.

Todos reían.

Hacía mucho tiempo que no reían así.

Mariana comenzó a recibir encargos.

Una maestra quería una muñeca inspirada en su abuela.

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