Un día, durante una exposición, Rafael la tomó del brazo.
—Ya no eres mi alumna.
—Siempre voy a serlo.
—No. Ahora eres mi colega. Y a veces haces cosas que yo jamás habría podido hacer.
Mariana sonrió.
—Eso significa que tuvo un buen alumno.
—Una buena alumna —corrigió él—. Y una mujer demasiado terca para dejarse destruir.
Cuando Rafael murió, años después, Mariana recibió una llamada de su abogado.
El maestro le había dejado sus herramientas, sus archivos, parte de su colección y aquellas mismas muñecas que ella había encontrado dentro del viejo armario.
En el testamento había escrito:
“Se las dejo a Mariana Salgado porque una vez pudo quedarse con ellas y eligió devolverlas. Quien entiende que amar algo no significa poseerlo es la persona adecuada para protegerlo.”
Mariana lloró al leerlo.
Con el tiempo abrió, junto con sus hijos, una pequeña escuela de creación y restauración de muñecas.