Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

—Y nosotros perdimos a Tomás y nuestro hogar el mismo día.

Beatriz lloró todavía más.

—Perdóname.

Mariana cerró los ojos.

Había imaginado aquellas palabras muchas veces.

Pensaba que, si algún día llegaban, sentiría alivio.

No ocurrió.

Sintió tristeza.

—Puedo perdonarla —respondió finalmente—. Pero perdonar no significa fingir que no pasó.

Beatriz asintió.

Mariana no pagó sus deudas.

Pero llamó a un abogado conocido y le consiguió asesoría para reestructurarlas. Diego ayudó a su abuela a vender algunos objetos que ya no necesitaba. Valeria comenzó a visitarla ocasionalmente.

La relación nunca volvió a ser lo que había sido.

Quizá eso era lo correcto.

Algunas cosas se reparan.

Otras simplemente aprenden a existir con las grietas.

Rafael Montenegro envejeció.

Mariana se convirtió en su alumna más cercana y, con los años, en una artista reconocida por derecho propio.

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