—Cuando uno tiene cuatro hijos esperando la cena, aprende a no desperdiciar el tiempo.
Poco a poco la vida empezó a estabilizarse.
Los domingos, Mariana se permitía recuperar una vieja afición: restaurar muebles. No tenía dinero para comprar piezas, así que recogía sillas, cajones o mesas abandonadas y trataba de devolverles la vida.
Una tarde, regresando del vivero, vio algo junto a unos contenedores.
Era un enorme armario antiguo.
Tenía madera oscura, molduras talladas y unas puertas decoradas con figuras casi borradas por los años.
Mariana se quedó contemplándolo.
—Quien haya tirado esto está loco.
Llamó a Diego y a un vecino, don Chucho, quien por doscientos pesos aceptó ayudarles a moverlo en una carretilla hasta el pequeño patio techado del departamento.
El armario era pesado como una caja fuerte.
Y estaba cerrado.
Mariana buscó una llave entre los cajones, debajo del mueble y hasta dentro de una grieta lateral.