Nadie quiso ayudarme cuando quedé sola con cuatro hijos, así que aprendí a aprovechar hasta los muebles abandonados. Un día llevé a casa un armario antiguo cerrado con llave. “Si hay algo raro dentro, lo tiramos”, dijo mi hijo. Yo asentí y esperé varias semanas para abrirlo; lo que encontré parecía una escena criminal… pero una carta y unas muñecas de valor incalculable revelaban otra historia.

—Cuando uno tiene cuatro hijos esperando la cena, aprende a no desperdiciar el tiempo.

Poco a poco la vida empezó a estabilizarse.

Los domingos, Mariana se permitía recuperar una vieja afición: restaurar muebles. No tenía dinero para comprar piezas, así que recogía sillas, cajones o mesas abandonadas y trataba de devolverles la vida.

Una tarde, regresando del vivero, vio algo junto a unos contenedores.

Era un enorme armario antiguo.

Tenía madera oscura, molduras talladas y unas puertas decoradas con figuras casi borradas por los años.

Mariana se quedó contemplándolo.

—Quien haya tirado esto está loco.

Llamó a Diego y a un vecino, don Chucho, quien por doscientos pesos aceptó ayudarles a moverlo en una carretilla hasta el pequeño patio techado del departamento.

El armario era pesado como una caja fuerte.

Y estaba cerrado.

Mariana buscó una llave entre los cajones, debajo del mueble y hasta dentro de una grieta lateral.

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