Nada.
Pasaron varias semanas.
Entre el trabajo, los niños y las cuentas, no volvió a tocarlo hasta diciembre.
Un sábado tomó un desarmador, un martillo pequeño y decidió revisar el mecanismo de la cerradura.
—A ver qué escondes —murmuró.
Forzó con cuidado la madera.
Una pieza cedió.
Se escuchó un crujido.
La puerta se abrió lentamente.
Mariana miró hacia el interior y soltó el desarmador.
Retrocedió hasta golpearse contra la pared.
Dentro del armario había varios cuerpos humanos, inmóviles, vestidos con ropa antigua y apretados unos contra otros.
Uno de ellos tenía los ojos abiertos.
Y parecía estar mirándola directamente.
Mariana quiso gritar, pero la voz no le salió.
Apenas consiguió susurrar:
—Dios mío… ¿qué traje a mi casa?
Y todavía no podía imaginar lo que aquel armario estaba a punto de revelar.
PARTE 2
Mariana tardó varios segundos en atreverse a mirar de nuevo.