Acababa de empezar.
Durante los primeros días, Nube cambió por completo.
Dejó de mirar la puerta.
Ya no dormía en la alfombrilla del recibidor ni se quedaba quieto con esa tristeza tan ordenada que me rompía por dentro.
Ahora caminaba por el piso con Sol pegado a un lado, como si le enseñara cada rincón.
La cocina.
El pasillo.
La manta azul junto al radiador.
La ventana desde la que se veía el patio interior, con las macetas de geranios de la vecina y la ropa tendida moviéndose despacio.
Nube lo hacía todo primero.
Olía una esquina y luego se apartaba para que Sol la oliera también.
Probaba el agua y después miraba a Sol, como diciendo:
“Esta está bien.”
Se subía al sofá y esperaba.
Si Sol tardaba, bajaba otra vez.
Nunca lo dejaba atrás.
Y yo, que había vivido tantos años pensando que los gatos eran independientes hasta casi parecer fríos, empecé a sentir vergüenza de lo poco que sabía.