Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Sol no era miedoso exactamente.

Era un gato pequeño que había aprendido a sobrevivir siguiendo a otro.

Los primeros días apenas se acercaba a mí.

Comía si Nube comía.

Dormía si Nube dormía.

Se lavaba la cara solo cuando Nube empezaba a hacerlo.

Pero cuando yo entraba en el salón, se quedaba quieto.

No huía.

Tampoco venía.

Simplemente me miraba con esos ojos de animal que pregunta sin confiar todavía en la respuesta.

Yo no lo forcé.

Después de lo que había pasado, ya había aprendido algo.

Hay cariños que no se pueden apurar.

Me sentaba en el suelo, no demasiado cerca, con una taza de café entre las manos.

Les hablaba como quien habla con dos vecinos tranquilos.

Les contaba cosas sin importancia.

Que el pan de la tienda de abajo estaba cada día más caro.

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