Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Mis hijos vinieron a visitarme un domingo.

Laura llegó primero, con una bolsa de magdalenas y las prisas de siempre.

Mi hijo Andrés apareció media hora después, diciendo que solo podía quedarse un rato.

Como hacen los hijos adultos.

Vienen con cariño, pero también con el reloj encima.

Yo no les reproché nada.

La vida tira de cada uno hacia donde puede.

Nube se escondió al principio.

Sol también.

Pero al cabo de un rato, Nube salió y se sentó debajo de la mesa.

Sol lo siguió.

Laura los miró y se llevó una mano al pecho.

—Mamá, son preciosos.

—Son inseparables —dije.

Andrés sonrió.

—Como vosotros dos cuando éramos pequeños y no queríais dormir separados.

Laura le dio un golpe suave en el brazo.

—Eso eras tú.

—Mentira.

Los escuché reír y sentí algo raro.

No dolor exactamente.

Más bien una nostalgia tranquila.

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