Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Pero se veía lo importante.

Dos gatos pegados el uno al otro.

Un sofá viejo.

Una casa tranquila.

Y algo parecido a la paz.

Se la mandé a Marta.

Un minuto después respondió:

“Así tenían que estar.”

Leí el mensaje varias veces.

Así tenían que estar.

No separados.

No esperando detrás de una puerta.

No llamándose desde dos lados distintos de una jaula.

Juntos.

A partir de ese día, empecé a mirar mi casa de otra manera.

Antes me parecía pequeña.

Un piso de dos habitaciones en Valladolid, con muebles que ya habían vivido más que algunas personas, una cocina estrecha y un salón donde siempre faltaba luz por la tarde.

Después de Nube y Sol, dejó de parecerme pequeña.

Parecía suficiente.

Suficiente para dos cuencos.

Suficiente para una manta más.

Suficiente para dos vidas que solo necesitaban no volver a perderse.

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