Nube seguía siendo su sombra grande.
O quizá Sol era la sombra pequeña de Nube.
Nunca supe quién sostenía más a quién.
Por las mañanas, cuando abría la persiana, los dos se subían al respaldo del sofá.
Miraban el patio como si fuera un teatro.
La vecina regaba las plantas.
Un señor del segundo tendía calcetines.
Una paloma se posaba siempre en la misma barandilla, convencida de que aquel edificio le pertenecía.
Nube la miraba con seriedad.
Sol hacía un sonido pequeñito, casi ridículo.
Yo les decía:
—Ni se os ocurra. Esa paloma lleva aquí más años que vosotros.
Y por primera vez en mucho tiempo, me sorprendía riendo sola en voz alta.
Un mes después, volví al refugio.
No para adoptar.
Esta vez sí era verdad.
Fui a llevar unas mantas viejas, unos comederos que había comprado de más y una bolsa de arena.