Marta me reconoció enseguida.
—La mamá de Nube y Sol —dijo.
Me dio vergüenza.
Pero también me gustó.
La mamá de Nube y Sol.
Hacía años que nadie me llamaba madre de una forma tan sencilla.
En la sala de los gatos, todo seguía parecido.
Jaulas metálicas.
Nombres escritos a mano.
Cuencos de agua.
Ojos esperando.
Pero yo ya no miraba igual.
Antes veía gatos.
Ahora veía historias.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. En una jaula del fondo había dos gatas mayores, una gris y otra carey, tumbadas tan juntas que parecían una sola manta.
Marta siguió mi mirada.
—Esas dos llevan juntas toda la vida —me dijo—. La gente pregunta por una. Cuando les decimos que van juntas, muchos se echan atrás.
No dije nada.
Me dolió porque lo entendía demasiado bien.