Once días frente a una puerta para enseñarme qué significaba un hogar

Solo se quedaba en la alfombrilla del recibidor, mirando la puerta.

Como si alguien tuviera que entrar.

El día once entendí que Nube no quería marcharse.

Estaba esperando a Sol.

Los había conocido a los dos un martes por la tarde, en un pequeño refugio de animales a las afueras de Valladolid.

Yo no pensaba adoptar ese día.

Me había dicho a mí misma que solo iba a mirar. Nada más.

Pero llevaba demasiado tiempo llegando a una casa silenciosa.

Mis hijos ya tenían su vida hecha. Mi matrimonio se había terminado hacía años. Me había acostumbrado a cenar sola, a ver la televisión sola y a decirme que la soledad no pesaba tanto.

Pero sí pesaba.

Así que una tarde fui al refugio y repetí durante todo el camino:

“Solo voy a mirar.”

Eso nunca funciona.

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