se quiebran. Yo seguía de pie frente al monitor, con la pistola colgando de la mano, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué hacer.
Bajé el arma. Lo hice sin pensarlo, como quien deja caer un peso que cargó demasiado. Me senté despacio, con las piernas flojas. Dominic carraspeó a mi lado. —¿Quiere que vaya a revisar, jefe? —No —respondí, y mi voz sonó extraña, ronca—. Déjalos. En la pantalla, Noah ya respiraba con calma. Emma se quedó a su lado, acostada de lado, con una mano sobre su espalda, hasta que el niño se quedó dormido entre sus brazos, tranquilo como no lo había visto desde antes de la bomba.
No dormí esa noche. Me quedé mirando las imágenes y repasando cada detalle. Emma no se movió hasta el amanecer, y cuando la luz empezó a entrar por la ventana, se levantó con cuidado, acomodó la cobija sobre los hombros de Noah y salió de puntillas. Yo había instalado cámaras para ver amenazas, y esa madrugada descubrí que lo que nunca había visto era a mi propio hijo siendo cuidado de verdad.