A las siete en punto, la mandé llamar a mi despacho. Entró con elmismo abrigo gastado, ojeras suaves y la mirada firme. —Sé que me vigilaste —dijo antes de que yo abriera la boca—. Hay cámaras en cada rincón de esta casa. Las vi el primer día. Me quedé helado. Dominic, parado junto a la puerta, abrió los ojos como platos. —¿Las viste? —pregunté. —Una persona que ha vivido escondiéndose aprende a ver dónde la miran. Por eso no me importó. Quería que vieras exactamente lo que hago cuando creo que nadie me observa.
Me puse de pie y caminé hacia la ventana, de espaldas a ella. —Entraste a su cama a las tres de la mañana. Cualquier otro habría muerto por menos. —Lo sé —respondió con calma—. Pero Noah llevaba tres noches despertando a la misma hora, gritando en silencio. Lo oí desde el pasillo. Si hubiera llamado a una enfermera, le habrían dado un sedante y lo habrían dejado solo. Yo sé lo que se siente despertar en medio de un recuerdo y que nadie te toque. Se me quebró algo por dentro. —¿Cómo lo sabes? —pregunté sin voltear.