La mujer del centro, de traje sastre oscuro y porte sereno, le dedicó una sonrisa llena de ternura:
—Aquí estamos, papá. Ya no estás solo.
Valeria, a su derecha, le tomó con fuerza las manos temblorosas. Lucía se arrodilló frente a él, mirándolo fijamente a los ojos:—Ni creas que íbamos a permitir que te pisotearan de esta manera. Nos toca a nosotras defenderte.
En la sala no se escuchaba ni un respiro. El juez ajustó sus lentes y observó la escena con intriga. En la otra mesa, el director Robles, un hombre engreído que durante años manejó la escuela secundaria como si fuera su rancho privado, frunció el ceño con desdén. Estaba seguro de que tenía el caso ganado; después de todo, le habían asignado a Don Chema un abogado de oficio sin experiencia que apenas había tenido tiempo de hojear el expediente.