—Hija… esa es mi libreta…
—Sí, papá —respondió Lucía con una sonrisa que mezclaba orgullo y revancha—. Tu libreta.
Durante más de treinta años, maestros y directores se burlaron de la manía de Don Chema de anotar absolutamente todo. Pero ahí estaba la verdad escrita día por día: cada foco cambiado, cada banco soldado, cada caja recibida con nombre del transportista, número de placas y el estado real en que llegaban las cosas.
Valeria cotejó las anotaciones de Don Chema con las órdenes de compra oficiales:
—El cuaderno demuestra que los lotes de material por los que hoy pretenden encarcelar a Don Chema jamás entraron a la escuela. Fueron desviados antes de llegar al portón. Don Chema no solo no robó nada, sino que dejó constancia escrita de cada una de las trampas que la dirección intentó encubrir.
El juez hojeó la libreta en silencio durante largos minutos. Luego cerró el cuaderno con firmeza, miró a Robles y su voz cayó como una losa: