Parte 2: EL CONSERJE ACUSADO Y LAS TRES HIJAS QUE CAMBIARON EL VEREDICTO

—El director Robles en persona —respondió Lucía con voz implacable—. Y tenemos aquí el testimonio jurado del velador de guardia, a quien amenazaron con correrlo si abría la boca.

El viejo velador, sentado en la última fila del juzgado, se puso de pie con la cabeza agachada:

—Es verdad, señor juez. Me obligaron a firmar las bitácoras bajo amenaza de no pagar mi liquidación.

Robles estaba pálido, escurriendo en sudor frío y apretando los puños sobre el escritorio. Sin embargo, su abogado intentó salvarlo alegando que en la bodega de intendencia no había registros formales de recepción.

Fue entonces cuando Lucía sacó de su bolso un cuaderno viejo, desgastado por los años, con la pasta de cartón remendada con cinta canela y las hojas amarillentas escritas a mano con tinta azul.

Don Chema abrió los ojos desmesuradamente:

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