PARTE 2: EL IMPERIO TENÍA MI NOMBRE

No tuve ninguna.

Se quitó los guantes otra vez, como al principio de la noche, pero ahora le costaba sostenerlos.

—Podemos arreglarlo.

Lo miré.

Había imaginado tantas veces que me diría aquellas palabras. En nuestra cocina. Después de una cena humillante. Al día siguiente de dejarme sola en un del todo.

Ella me acarició la mejilla, justo donde había cicatrizado el pequeño corte del labio.

—Entonces empezaremos por desayunar.

Sonreí.

Preparé café. Quemé la primera tostada. Mi madre protestó porque había puesto demasiada mantequilla en la suya.

Y mientras la escuchaba, comprendí que aquella era la vida que quería recuperar.

No el imperio.

No el apellido.

Una mañana tranquila en la que nadie pudiera convertir el amor en una amenaza.

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