El detective volvió a llamarme.
—Necesitamos mostrarle otra cosa.
Era otra grabación.
Esta vez de una cámara instalada en el pasillo.
Mostraba a Raymond entrando al dormitorio de Beatrice la noche anterior.
Sacaba dinero de una caja metálica.
Billetes.
Muchos billetes.
Después volvía a cerrar todo cuidadosamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
El detective abrió otra carpeta.
—Durante meses desapareció dinero de esa casa.
—¿Y…?
—Beatrice culpaba siempre a otras personas.
Vecinas.
Empleadas.
Incluso una vez acusó a una cajera del supermercado.
Sentí un nudo en el estómago.
—Pero era Raymond.
El detective asintió.
—Su suegro llevaba años robándole.
Y cuando la pulsera desapareció…Brenda decidió esconderla para evitar que descubrieran quién era el verdadero responsable.
Todo encajó.
El auténtico ladrón siempre había vivido bajo aquel techo.
Pero la víctima terminó siendo una niña de tres años.