PARTE 2: La firma que nunca llegó a la escritura….

Había más.

Muchos más.

Tres años atrás alguien había presentado una solicitud para incluir a Daniela como beneficiaria secundaria de una cuenta de inversión que yo utilizaba para mis ahorros.

La modificación había sido rechazada porque faltaba mi verificación presencial.

Un año después hubo otro intento.

Después otro.

Todos incluían información personal que solo mi familia conocía.

—Esto no empezó con la casa —dijo Lucía.

Sentí frío.

Revisamos mis archivos antiguos.

Entonces encontramos algo todavía más extraño.

Siete años atrás, exactamente cuando comencé a ahorrar, mi padre había abierto

una carpeta

bancaria a mi nombre.

Yo recordaba aquella cuenta.

Papá había dicho que conocía al gerente y podía conseguirme mejores condiciones.

Pero entre los documentos había una hoja que nunca había visto.

“Origen proyectado de fondos: venta futura de participación Ortega Ingeniería.”

Me quedé mirando el nombre.

—Yo trabajo en ingeniería, pero no soy propietaria de ninguna empresa familiar.

Lucía buscó el registro correspondiente.

Ortega Ingeniería había existido.

La había fundado mi abuelo.

Cuando murió, su participación se dividió entre sus hijos.

Y una parte había quedado reservada para sus nietos.

Incluyéndome.

—¿Cuánto? —pregunté.

Lucía tardó varios segundos en responder.

—Según estos documentos, tu participación fue vendida cuando tenías veintidós años.

—Yo nunca vendí nada.

La compradora había sido una sociedad llamada Salgado Patrimonial.

Salgado.

El apellido de soltera de mi madre.

Y la persona que autorizó aquella venta en mi nombre aparecía en la última página.

Patricia Salgado

de Ortega.

Mi propia madre.

Regresé mentalmente a la conversación detrás de aquella ventana.

“La pobre nunca se enterará.”

De repente entendí que quizá mamá no estaba hablando solamente de la casa.

Lucía abrió el último archivo.

La participación que habían vendido por una cantidad relativamente pequeña años atrás formaba ahora parte de una compañía valorada en cientos de millones.

Y según una cláusula del testamento de mi abuelo, aquella venta podía ser impugnada si mi consentimiento había sido falsificado.

Miré nuevamente la casa de Zapopan en la fotografía del expediente.

Había pensado que mi familia intentaba quedarse con nueve millones ochocientos mil pesos.

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